lunes, febrero 19, 2007

Crónicas políticas (III)

Al hilo de una entrevista en el palacio de La Moncloa entre el presidente Zapatero y el lehendakari Ibarretxe, la necesidad de construir Euskadi desde el entendimiento y la asunción de sus diversas identidades fue subrayada en la crónica publicada en Deia el 16 de enero de 2005.

Es la hora de todos

Un nuevo tiempo político parece estar alumbrando. Al principio, los momentos de cambio siempre generan temores, e incluso resistencias, pero llega un momento en el que las dinámicas de transformación, bien entrelazadas, se convierten en imparables. No estamos en un escenario perfecto, ni mucho menos, sino rodeados de interrogantes y contradicciones, pero por primera vez en mucho tiempo se atisba un cierto destello de esperanza. Aunque el puzzle es extremadamente complejo y ni siquiera existe la seguridad de que las piezas vayan a encajar de inmediato, entre los dirigentes políticos cobra fuerza la percepción de que lo que comenzó siendo una oportunidad con perfil coyuntural se ha convertido ya en un proceso de cariz irreversible. La izquierda abertzale, acuciada por una imparable exigencia social y por su propio declive, aparenta haber comenzado a pisar suelo. Sus tradicionales mensajes repletos de descalificaciones y amenazas han sido sustituidos por constantes ofertas de diálogo, y al fin parecen haber caído en la cuenta de que el bandolerismo político no les produce ninguna rentabilidad y les condena, directamente, a la insignificancia más absoluta. La posición adoptada en el pleno del Parlamento vasco, el 30 de diciembre pasado, ante la propuesta de nuevo Estatuto Político refleja que Batasuna se mueve todavía en una cierta esquizofrenia, capaz de llevarle a votar una cosa y la contraria, pero que ya no es inmune al clamor social por la normalización política y por el cese definitivo del terrorismo de ETA. Aunque José Luis Rodríguez Zapatero accedió al cargo de presidente del Gobierno con la fuerza de una brisa leve, posee las cualidades personales y políticas adecuadas para llegar a convertirse en el muñidor de un nuevo ciclo. Desde algunos sectores se ha asociado el talante del líder socialista con la debilidad, pero ocurre justamente lo contrario. La fortaleza de Zapatero reside en su forma de entender la política como un espacio para el entendimiento y no como un ámbito para los pulsos absurdos y las poses histéricas. Más allá de los gestos forzados, sabe que está condenado a entenderse con el lehendakari Juan José Ibarretxe y que, más allá de sus legítimas discrepancias, ambos tienen la obligación de reencontrarse en una definición común de las reglas del juego que rijan en Euskadi en las próximas décadas. En la campaña electoral de los comicios autonómicos de hace cuatro años, las posiciones de nacionalistas y no nacionalistas se exacerbaron hasta el punto de acallar a quienes clamaban en vano en favor de un diálogo transversal. Sin embargo, la realidad es tozuda y al final se está imponiendo la necesidad de construir Euskadi entre todos. Las ópticas parciales pueden servir como complemento enriquecedor en la búsqueda de soluciones integradoras, pero nunca como un elemento para forzar las posiciones ajenas. Es imprescindible que cobre más fuerza que nunca el deseo de compartir, de sentirse cómodos y de procurar comodidad a los que piensan de manera diferente, de compatibilizar los diferentes sentimientos de pertenencia, de lograr que la pluralidad se traduzca en una mejor articulación social y política y que no suponga para nadie una molestia a combatir. El derrumbamiento definitivo de los falsos mitos de la izquierda abertzale y la apuesta mayoritaria en favor de un renovado marco jurídico-político en el que quepan todos los ciudadanos, sin exclusiones de ningún tipo, deberían permitir la apertura de nuevos horizontes. De forma soterrada, algo comienza a moverse en el tablero político. Partiendo del conocimiento profundo y realista de lo que es la sociedad vasca sólo se puede llegar a abrir espacios de mestizaje. Ya pasó el tiempo en el que el enfrentamiento daba réditos y los unos parecían invisibles para los otros. Frente a los jinetes del apocalipsis, terminarán abriéndose paso los que sienten que hay muchas Euskadis, los que apuestan por un país que no busca romper sino integrar y sumar, y que se construye desde la pluralidad de identidades que constituye su propia esencia. Al tiempo.

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