domingo, febrero 25, 2007

La Ertzaintza, nuestra policía

Bilbao fue escenario ayer de graves incidentes, que se saldaron con decenas de heridos. Una marcha ilegal, en favor de los presos, fue el detonante de los enfrentamientos entre la Ertzaintza y quienes pretendían manifestarse "por encima de las prohibiciones". Arnaldo Otegi, siempre dispuesto a lanzar proclamas apocalípticas cuando se le coloca un micrófono delante, calificó lo sucedido como "masacre". No en vano, los dirigentes de la izquierda abertzale son alumnos aventajados en la manipulación del lenguaje. Masacre fue la de Hipercor, ante la que callaron, o la que se cobró la vida de doce miembros de la Guardia Civil, en la Plaza de la República Dominicana de Madrid, en 1986, o el asesinato de dos trabajadores de Elektra, en 2001, o la originada por la explosión de una bomba en Santa Pola en 2002, que mató a dos personas, entre ellas una niña de seis años. Esas, y otras muchas cometidas por ETA, sí son verdaderas masacres, ante las que primero callan y luego jalean a sus autores. En una sociedad democrática, la actuación de las fuerzas de seguridad está sujeta a diversos controles, entre ellos el parlamentario e, incluso, el judicial. A nadie agrada ser testigo directo o indirecto de escenas como las vividas en la capital vizcaina. Y habrá que depurar cualquier exceso. Por supuesto. Pero en este país, como en el resto de países democráticos, hay una reglas de juego aceptadas y asumidas por la inmensa mayoría de los ciudadanos. Cuando una marcha se prohíbe , quienes intentan burlar lo dictaminado por la justicia incurren, además de en una ilegalidad, en una enorme irresponsabilidad. Saben perfectamente cuáles pueden ser las consecuencias. Por eso utilizan un distinto rasero en la Comunidad Autónoma Vasca y en Navarra, porque creen que imágenes como las de ayer poniendo en la picota a la Ertzaintza les rentarán políticamente y desgastarán al PNV. Acusan a la Policía vasca de estar al servicio de "la Justicia española", como si ellos actuaran al margen de la misma. Las normas de convivencia rigen para todos y, aunque no quieran darse por enterados, también para ellos.

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