viernes, marzo 23, 2007

Apuntes de viajes (México)


Han sido numerosos los viajes de índole profesional realizados en los últimos años. Al margen de la agenda oficial, todos ellos me han dado la oportunidad de conocer sobre el terreno realidades muy diversas. Cuando uno toma contacto, aunque sea estando de paso, con sociedades que reúnen características bien distintas de la propia, observar sin perder detalle es la mejor manera de aprender. Siempre se pueden sacar conclusiones interesantes. Estuvimos en México en los últimos días de octubre y los primeros de noviembre de 2003. La visita, previa a otra que nos llevaría a Brasil, incluía dos escalas claramente diferenciadas. La primera parte se desarrolló en el Valle de Bravo, en el interior del país, y la segunda en el Distrito Federal. Desde el punto de vista interno, las siete décadas de gobiernos ininterrumpidos del PRI habían quedado ya atrás y desde el 1º de diciembre de 2000 era Vicente Fox, del PAN, quien ostentaba la jefatura del Estado. Casi tres años después, México continuaba inmerso en un proceso de transición que algunos observadores ya consideraban fallido en buena medida. Se nota que es un país castigado socialmente, con grandes contrastes. Me llamó la atención la omnipresencia de la inseguridad, de una violencia latente. Es como si se pegara en la piel. Tuve ocasión de hablar con algunos agentes de Policía y me quedó la impresión de que eran gente de miras cortas y remuneración escasa, con todo lo que conlleva. En el Valle de Bravo, con instalaciones acondicionadas para recibir a prensa extranjera con motivo de la celebración del Foro de Biarritz, en el entorno más rural, había gente en condiciones de vida extremadamente precarias. En esa situación, siempre sorprende la resignación escéptica con la que se enfrentan a la vida. Las maravillas del paisaje, de los edificios monumentales, no logran distraer de la dura realidad social de una gran mayoría. Pero para el turista, o más exactamente en este caso para el visitante, se queda en retazos anecdóticos lo que para los nativos es un día a día de perspectivas raquíticas. Uno de esos detalles sin más recorrido fue lo que comimos: de todo, pero muy "picoso". En mi caso, me atreví con unos huevos de hormiga típicos del Valle. Exquisitos. En DF me impresionó la devoción de quienes se acercaban al santuario de la Virgen de Guadalupe, y la grandiosidad del conjunto. Era Día de Todos los Santos y asombra conocer su celebración, mezcla de festividad religiosa y mundana. La colocación en altares caseros de las viandas que más gustaban al difunto en vida no deja de tener un lado amable y otro más bien tétrico. Una ciudad tan inmensa tiene rincones sorprendentes, amenizados durante la noche con rancheras y tequila. La plaza del Zócalo, sin embargo, resulta más vistosa por televisión. El control de armas para entrar en el hotel definía bien lo que es la capital. Un monstruo gigantesco que se traga a muchos de quienes se le acercan. El 63% vive en la pobreza y ver los arrabales de la capital encoge el corazón del más templado. La opulencia impúdica frente a la miseria absoluta. La historia de tantos y tantos países latinoamericanos.

PD: La fotografía está sacada en la cima de una de las pirámides de Teotihuacán, en las afueras del DF. Estoy a la izquierda, acompañado de compañeros de EITB.

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