sábado, marzo 17, 2007

Madrid en el corazón

El ejercicio del periodismo activo da lugar a vivir en primera línea acontecimientos de magnitud histórica, disfrutando algunas veces, padeciendo otras. Es una profesión un tanto anárquica, que te lleva siempre en función de los acontecimientos, pero ésa es, precisamente, su parte más estimulante. Ser periodista en Euskadi curte de forma especial, por la dificultad para trabajar y opinar en libertad. Quienes se autoproclaman a boca llena defensores de la libertad de expresión, los que claman al cielo porque De Juana sea condenado por escribir dos artículos, cercenan de manera sistemática la labor de los periodistas que les ponen frente a sus miserias. Nadie se acostumbra a trabajar así, pero se asume como parte del riesgo añadido que tiene la profesión en estos lares. Mirando atrás, sin embargo, el hecho que más me impresionó, el que más me marcó, no se produjo en Euskadi, sino en Madrid. Recuerdo como si fuera ayer el 11-M de 2004. No creo que lo olvide nunca. La llamada del periódico mientras desayunaba en casa, el viaje a Bilbao en taxi, los primeros datos sobre el número de víctimas en televisión, la llegada al aeropuerto para el primer vuelo que salía a Madrid, las continuas vueltas sobre el cielo de la ciudad hasta que nos dieron permiso para aterrizar... Y sobre todo el sobrecogimiento absoluto ante semejante barbarie. En los primeros momentos se apuntaba a ETA, una organización que ya había dado muestras de ser capaz de cometer cualquier atrocidad y de avergonzarnos de que sean vascos. Pero el mismo día del atentado, hacia mediodía, se empezó a hablar de los islamistas. Madrid estaba en estado de shock. Recuerdo el silencio absoluto en Malasaña aquella noche, la grandiosa manifestación del viernes 12, el ruido de las cacerolas en la Puerta del Sol la medianoche anterior a las elecciones. Pero ante todo recuerdo la amabilidad de los madrileños, sus muestras de solidaridad con los afectados, las colas de gente donando sangre. Fueron días de intensa actividad política, pero sobre todo me impresionaron las vivencias a escala humana, el ejemplo de una ciudad martirizada y su capacidad para unirse sin fisuras ante tamaña adversidad. El día 14 de marzo publiqué en Deia un artículo de opinión que llevaba por título "Siempre seré madrileño". Era un homenaje a la ciudad que se había convertido en mía en pocas horas. Sé que no gustó en determinados ámbitos, pero refleja lo que sentía entonces y lo que siento ahora. Hay una canción preciosa de La Oreja de Van Gogh, titulada Geografía, que habla de abrir horizontes, de vincularse a los lugares por la ligazón con los seres humanos. Además de Gernika, la capital de mi geografía es León, porque allí están algunas de las personas que más quiero, pero Madrid tiene un hueco muy especial desde aquellos días desdichados. Llevo a Madrid en el corazón. Me enseñó a valorar a las personas por encima de prejuicios absurdos, fabricados para que una ciudad abierta y tolerante parezca lo contrario.

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