sábado, marzo 17, 2007

Quince días decisivos

El próximo dos de abril se convocarán, de manera oficial, las elecciones municipales y autonómicas, que en el caso vasco serán locales y forales. A estas alturas la gran duda es si la izquierda abertzale ilegalizada podrá presentarse o no a las mismas. Si nada cambia de aquí a quince días la respuesta es que no. Todos los actores políticos, incluida la propia Batasuna, lo saben. Por eso mismo, estas últimas semanas se ha producido una coincidencia en las declaraciones de renombrados dirigentes del PSOE, del PNV y de la formación ilegalizada: marzo es decisivo, apuntan. No lo es en cuanto a la orientación del proceso histórico del fin de la violencia, que es irreversible en un plazo más o menos corto, pero sí para aclarar si es posible avanzar de inmediato hacia ese cambio de escenario. La izquierda abertzale en su conjunto, incluida ETA, tiene asumida la necesidad de un cambio estratégico en su tradicional defensa del terrorismo como instrumento para alcanzar objetivos políticos. Aunque algunos parecen deseosos de asomarse, la mayoría sabe bien que ese camino lleva directamente al precipicio. Procesos internos como el de Lizarra-Garazi o el más reciente del alto el fuego permanente, sumados a un contexto internacional de desaparición de fenómenos, y referentes en el caso vasco, como el del IRA y de alerta máxima frente al terrorismo islamista han obligado a recapitular a la izquierda abertzale. A través de la propuesta de Anoeta pretendieron vehiculizar un esquema en apariencia intachable desde el punto de vista democrático, pero que se ha visto deslegitimado por las constantes irrupciones de ETA orientando el consiguiente proceso de paz y, sobre todo, el de normalización política. Todos los agentes políticos rechazaron formalmente cualquier tipo de mezcla entre ambos procesos, aún a sabiendas de que a nivel subterráneo los avances políticos animaban la dinámica de la llamada mesa técnica. Sin embargo, el atentado de Barajas acabó con ese frágil equilibrio. Los terroristas, y a buen seguro algunos de quienes no utilizan pistolas ni bombas en su quehacer cotidiano en ese mundo, pretendían utilizar aquel acto execrable como un golpe de mano, como una demostración de fuerza, para presionar al Gobierno. Pero se encontraron con dos ciudadanos muertos, asesinados, bajo los escombros del parking del aeropuerto. Y eso ha cambiado las reglas del juego. Ya no hay, ya no es posible asumir la más mínima sospecha de tutela por parte de ETA sobre el proceso político. Es más, ese proceso sólo será posible a partir de ahora si ETA abandona definitivamente la práctica terrorista o, en su defecto, si Batasuna abandona a la banda. Las propuestas políticas de Batasuna, destinadas a salvar los muebles tras un atentado que no sólo ha sido una nueva demostración de terrorismo puro y duro, sino, también, desde el punto de vista político, un tremendo error estratégico, no tienen ninguna virtualidad si no van acompañadas de un paso irreversible respecto a la violencia. Las elecciones municipales y forales son las más importantes para la izquierda abertzale. Sobre todo las primeras, porque en ellas se dilucida la cuota de poder político de que va a disponer. Con la propuesta del Anaitasuna han pretendido poner la cuenta atrás en marcha a los demás, pero, en realidad, el reloj corre en contra de la propia Batasuna. Deberían mostrar, por fin, una pizca de realismo político. Así se darían cuenta de que les quedan quince días para demostrar una voluntad inequívoca para hacer posible que el ciclo de la violencia acabe para siempre. Si no lo hacen, redundarán en sus habituales errores. El proceso histórico del fin del terrorismo es irreversible en Euskadi y los ciclos se acortan cada vez más hacia ese final. Pero tras cada oportunidad desperdiciada la izquierda abertzale queda más débil, más deslegitimada ante la propia sociedad vasca. A esta nueva oportunidad, con unas reglas del juego diferentes a las anteriores al 30 de diciembre, le quedan quince días. En su mano, no en la de nadie más, está la solución. Es bien sencilla: se acabó la violencia y se abre el tiempo de la política.

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