sábado, abril 14, 2007

¿Dónde estamos?

Los ciudadanos vascos contemplan, no sin cierta estupefacción, el ocaso del proceso. Aunque tras las rupturas de treguas o altos el fuego anteriores por parte de ETA la sociedad se vacuna ante nuevas frustraciones con una buena dosis de escepticismo, la impotencia y el desánimo han cundido de nuevo. Al inicio del ciclo que ahora acaba se insistió en que no se trataba de una tentativa más, que había bases muy sólidas sujetando el entramado sobre el que se pretendía construir la paz. Pero ha caído como un castillo de naipes y nadie sabe, a ciencia cierta, cuáles han sido las verdaderas razones de ese hundimiento. Quienes siguen la actualidad a través de los medios de comunicación reciben datos sueltos, e incluso contradictorios. Por eso se preguntan: ¿dónde estamos? El proceso, con su configuración original fundamentada en la propuesta de Anoeta de noviembre de 2004 y en la resolución del Congreso de mayo de 2005, está acabado. Eso no significa que no pueda haber otro en un futuro más o menos próximo, pero queda descartado que renazca con una naturaleza mimética. El PNV y Batasuna continúan hablando, sí, pero no sobre los parámetros en que se pueden acercar las posiciones políticas sino para apurar las posibilidades de acordar una nueva metodología de futuro una vez que ETA acabó con la anterior en la T4 de Barajas y en su posterior comunicado. Existe una voluntad compartida de seguir reuniéndose cada 4 ó 5 semanas, posiblemente con un parón de aquí a las elecciones, y el último encuentro, el tercero desde el atentado, data de principios de marzo. Rotos los puentes entre la izquierda radical y el Gobierno, la formación jeltzale no renuncia a continuar dialogando para tratar de que Batasuna asuma de una vez por todas la interlocución política en la que ETA ha interferido gravemente en los últimos meses hasta imposibilitar el proceso. Tras la ruptura de las conversaciones entre partidos en noviembre pasado, después de que los representantes de Batasuna elevaran el listón de sus exigencias, al parecer a instancias de ETA, la vía política está en punto muerto. Para que aquel preacuerdo de hace seis meses no se filtrara, las tres partes acordaron que darían cuenta del mismo a sus órganos decisorios sin entregar ninguna copia. En el PNV, por ejemplo, se utilizó un Power Point proyectado en una pantalla. No se trataba de un texto detallado, sino de un documento genérico que marcaba algunas directrices básicas. Los jeltzales tenían claro que no iban a modificar ni una coma de un acuerdo al que socialistas e izquierda abertzale dieran su visto bueno. Pero quienes fueron consultados por Batasuna no quedaron satisfechos. Consideran que las "condiciones democráticas" de partida suponen la creación de una única comunidad autónoma entre la CAV y Navarra y la aceptación del "derecho a decidir" de modo que, a partir de ahí, cada cual pueda defender su propio proyecto político. El problema radica en que el resto de agentes tiene una visión muy diferente y defienden que no se puede forzar como punto de arranque lo que para algunos ni siquiera constituye el horizonte de llegada. Tan democrático puede ser que se mantenga la actual configuración autonómica como lo contrario, siempre en función de cuál sea la voluntad de los ciudadanos y el juego de mayorías, expresados en un clima de plena libertad. No hubo mayores obstáculos a la hora de definir qué es Euskal Herria en cuanto que depositaria de vínculos culturales o históricos, pero sí los hay si se trata de que el proceso deba arrancar de su unidad política a este lado de los Pirineos. Hasta ahí se llegó a nivel político, y en esas estamos. El problema radica en que, en un momento dado, ETA decidió imponer sus tesis y monopolizar la interlocución de Batasuna, y pretende deformar la vía política haciendo ver que no toma parte en la misma a la vez que eleva el liston "prepolítico" de las "condiciones democráticas" hasta donde le parece. Pero el PNV y el PSOE no están dispuestos a entrar en ese juego. Por eso provocó ETA el atentado de Barajas y por eso toca ahora, de nuevo, una vez más, redefinir unas reglas del juego que, a la luz de lo acontecido, den nueva respuesta a la necesidad de alejar el diálogo político de la alargada sombra de ETA y permitan gestionar las diferentes concepciones sobre el propio significado y recorrido del proceso.

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