martes, mayo 01, 2007

María San Gil


Hace dos semanas, el 18 de abril, recibí un escueto mensaje de móvil, enviado por un compañero periodista de Madrid. Me decía, de forma telegráfica, que María San Gil abandonaba temporalmente la política tras anunciar que había sido operada de un carcinoma de pecho. Tras los primeros instantes de incredulidad y desasosiego, envié un sms a María como muestra del gran cariño personal que sabe que le tengo. Estaba tomando café en una terraza con unos amigos, pero sentí la necesidad de acercarme a un ordenador conectado a internet para obtener más detalles: "La presidenta del PP del País Vasco, María San Gil, ha anunciado esta mañana su decisión de abandonar de forma temporal la política por motivos de salud. San Gil padece un tumor cancerígeno en una de sus mamas y, aunque cuenta con "un magnífico pronóstico de curación segura", no participará en la campaña de las municipales. La política vasca ha asegurado en rueda de prensa que, tras recibir tratamiento médico, volverá a la escena pública en unos meses y con la "misma o más fuerza" todavía". Es lo que decían las primeras informaciones de agencia. Aquello me tranquilizó un poco, teniendo en cuenta las circunstancias. Estuve pensando que los políticos suelen ser un reflejo, hasta cierto punto hiperbólico, de la sociedad a la que deben servir. En Euskadi existe, desgraciadamente, toda una generación de ciudadanos que se han formado como personas en un contexto terrible, en el que el discrepante es tildado de enemigo y, por tanto, de prescindible. Y eso ha hecho emerger lo mejor y lo peor de cada cual. Están quienes se comprometen a fondo, hasta la temeridad, para que ese escenario cambie, quienes prefieren no involucrarse y también aquellos que minusvaloran, cuando no intentan ridiculizar, la falta de libertad ajena. María es, sin lugar a dudas, de las primeras. Para entender su trayectoria hay que retrotraerse, en buena medida, al 23 de enero de 1995, cuando almorzaba en un bar de la Parte Vieja de San Sebastián junto a Gregorio Ordóñez, primer teniente de alcalde de la ciudad. A las tres y veinte, un pistolero se les acercó y asesinó de un tiro en la cabeza al carismático líder de los populares guipuzcoanos. Aquel crímen, del que fue testigo horrorizada, cambió la vida de María y soldó su compromiso político para siempre. El PP es el segundo o tercer partido vasco, dependiendo de las fluctuaciones electorales de los últimos años, y, sin embargo, sus miembros se ven obligados a vivir en condiciones de semiclandestinidad. La sombra de los escoltas se ha convertido en una prolongación de sí mismos y, aún así, les resulta imposible cenar donde les apetezca, pasear por el parque con sus hijos, o pasar cualquier tarde tranquilamente sentados en una terraza. En definitiva, lo más rutinario y habitual en cualquier otra parte es un lujo inalcanzable en Euskadi para muchísimas personas. Y sin tener conciencia clara de esta situación resulta difícil entender lo que está realmente en juego. No se trata de que tal o cual proyecto político logre avanzar hasta un punto u otro. Para que el toma y daca democrático dé sus frutos naturales debe existir, primero, libertad para todos los ciudadanos: para andar por las calles, para expresarse, para relacionarse. En ese sentido, la vida de María, y la de sus compañeros de partido, siempre ha estado condicionada por quienes los consideran simple carne de cañón. Tienen una importantísima adhesión ciudadana en las urnas, pero no les es suficiente ni siquiera para poder conjugar en plenitud el verbo vivir. Es muy fácil decir determinadas cosas cuando uno se encuentra lejos de Euskadi y está bien arropado, pero qué complicado resulta hacerlo cuando incluso lo más evidente genera incomprensión u odio, cuando hay que jugarse el pellejo cada día. No querer ver esta realidad, querer pasar desapercibido para no molestar a los violentos, tomar refugio en las falsas equidistancias y no denunciar a viva voz la falta de los espacios más básicos de libertad perpetúa este lamentable estado de cosas. Desde que la conocí, he atisbado un deje de tristeza en las palabras y en la mirada de María. Tanto horror visto de cerca, tanta tensión acumulada, marca. Aun así, es una mujer contagiosamente vitalista, que lucha por desenvolverse en una sociedad normal, en la que no se combata al discordante con una pistola, ni se celebre el asesinato de nadie, ni se paseen por las calles los retratos de quienes han delinquido, como si fueran libertadores de no se sabe qué. Nuestro primer encuentro se produjo en una escenario inesperado, en los estudios de Euskal Telebista en Iurreta. Congeniamos muy bien desde el primer momento. Me pareció una mujer extraordinaria en el trato, cercana y sencilla, clara en la exposición de sus ideas, comprometida al cien por cien con su partido. Su imagen real no casa, en absoluto, con el prototipo de político conservador, refractario a los avances en materia social. Desde entonces, nos hemos vuelto a encontrar en distintas ocasiones. Para entrevistarla en Deia o, incluso, en Euskal Telebista. Aquella entrevista televisiva a tres manos -las del director de El Mundo del País Vasco, Josean Izarra, las de la conocida periodista María Antonia Iglesias y las de un servidor- fue un claro ejemplo de su estilo: impecable en las formas y férrea en el fondo. Lejos de las cámaras y con la grabadora apagada, hemos tenido ocasión de hablar un poco de todo: de sus deseos de aprender euskera, a lo que siempre la animo, de sus niños, de nuestros proyectos personales de cada momento, en los que siempre me anima, y de política, por supuesto. Siempre me ha transmitido proximidad, amabilidad, respeto y cariño. Son valores que trascienden la relación político-periodista y generan un vínculo personal. No hace mucho tiempo que tuvimos ocasión de darnos un abrazo en los pasillos del Parlamento. Allí la quiero ver cuanto antes, dando la cara por sus ideas y las de los 200.000 ciudadanos vascos a los que representa. Que ese presente que tanto nos preocupó el 18 de abril quede en un mal recuerdo. Está pasando unos malos momentos, como cualquier ser humano en idénticas circunstancias, pero saldrá fortalecida del trance, como siempre le ha ocurrido en las peores coyunturas. Se merece disfrutar en plenitud de una Euskadi en paz y, como ella suele subrayar, en libertad. De la Euskadi de los valores compartidos, representada para siempre por quienes perdieron su vida a manos de la sinrazón, del odio, del totalitarismo.

María San Gil (Donostia, 1965) es la presidenta del PP vasco. Estudió en Salamanca, donde se licenció en Filología Bíblica Trilingüe. En abril de 2005 se convirtió en la primera mujer que aspiraba a ser lehendakari.

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