sábado, mayo 19, 2007

Mitos y realidades

Hace algunos años, no demasiados, muchos analistas políticos poco sospechosos de veleidades radicales se admiraban públicamente por lo que consideraban fortaleza estratégica, organizativa e incluso ideológica de lo que entonces era Herri Batasuna. Ese halo los ha venido acompañando en algunos sectores hasta el presente. Aún hoy hay quienes, desde el nacionalismo democrático, creen que, desprendiéndose de la violencia, lo más cercano a las esencias, a lo auténtico, es lo representado por Otegi y compañia. En consecuencia, cualquier modelo alternativo les parece tibio, desnaturalizado, y enseguida ven tras él un intento de disfrazar el tan temido y denostado "regionalismo". Más que de afirmar lo propio en positivo, desde posiciones incluyentes e integradoras, se suele tratar de denostar y negar lo considerado ajeno. Quienes, como principal acción supuestamente política, se limitan a justificar la violencia sobre el adversario convertido en enemigo, habían perdido buena parte de su caudal electoral ya antes de las ilegalizaciones y han ensuciado, hasta cierto punto sin remedio, la trayectoria del nacionalismo vasco, dificilmente pueden ser considerados modélicos en ningún ámbito. Hace semana y media acudí a un programa de ETB-2 para hablar de política. Se trata de intercambiar opiniones desde la libertad de cada cual. Fue un debate intenso, de buen nivel. Pocos días después me llegó por vía interpuesta la valoración que un analista de relumbrón de la izquierda abertzale hacía de mi intervención: "Hijoputa" y "fascista". Sólo le faltó añadir "español" y, a buen seguro, hubiera alcanzado el clímax, el punto de ignición, la cumbre de su vocabulario. A eso se le podría añadir el "asco" que otro parece sentir al escucharme en la radio. Este es el nivel argumental de buena parte de ese mundo a estas alturas. En eso han quedado. La suya es la verdadera democracia, el suyo es el verdadero nacionalismo. Lo malo, lo realmente preocupante, es que en otras orillas haya mucho acomplejado que se lo cree. No han debido, querido o podido reparar en que detrás de tanta parafernalia retórica, lo único que la sopa de siglas de la izquierda abertzale ofrece es una democracia que pasa por negar los juegos de mayorías, erigirse en lo genuino y celebrar con alborozo que se anule, literalmente, al discrepante; y un nacionalismo obsesivo revolcado en una historia deformada, empeñado en que las personas estén al servicio de los territorios y en el que quien piensa por sí mismo es enviado sin remedio a la hoguera de los heréticos. Si no fuera porque quienes tienen detrás matan de verdad, sería de ópera bufa.

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