lunes, mayo 14, 2007

Valores permanentes

Siempre he pensado que un punto de heterodoxia es básico para evolucionar en la vida y también en la política. Hace repensar la forma de ver las cosas, estar dispuesto a abrir nuevos horizontes, acercase a quienes piensan de otra manera. Manteniendo una coherencia esencial, resulta saludable revisar continuamente dónde está uno mismo a la luz de sus experiencias, dónde están los partidos políticos y sobre qué parámetros evoluciona la sociedad. Cuando estudiaba en el instituto fuí formando mi conciencia política admirando profundamente a Olof Palme, primer ministro sueco por aquel entonces y uno de los padres de la moderna socialdemocracia europea. Recuerdo perfectamente el día en que lo asesinaron, el 28 de febrero de 1986. Yo tenía sólo 15 años pero aquel suceso me conmocionó profundamente. Palme era un hombre profundamente comprometido con la democracia, con la igualdad, con la paz. A pesar de las circunstancias de cada momento histórico y del afán autocrítico que, a mi juicio, debe guíar la trayectoria de cualquier persona con inquietudes humanistas, esos valores que él defendió como pocos sí deben ser permanentes. En un país como el nuestro tan castigado por el sectarismo y la violencia, reivindicar las reglas fundamentales de la convivencia se ha convertido en una obligación. Proclamar la radical igualdad de los seres humanos, militar en contra del terrorismo y el fanatismo y reivindicar espacios transversales de entendimiento se ha convertido en necesidad imperiosa en Euskadi. Hacer frente al odio irracional no resulta sencillo. Romper clichés absurdos y desmontar leyendas sin fundamento tiene su coste. Pero es necesario hacerlo para que, entre todos, podamos poner freno a tanta locura, a tanto desmán. Creerse dueños de las esencias y actuar de inquisidores de quienes no comulgan a ciegas refleja una visión totalitaria, en la que el discrepante, el crítico, no tiene cabida. Por el contrario, defender la construcción de un país hecho a la medida de sus ciudadanos es la mejor garantía de un futuro más esperanzador. Euskadi sólo será, sólo existirá si hay muchas Euskadis. Nunca ha existido al margen de la pluralidad más arrolladora. Ése es un elemento constitutivo de la sociedad vasca. Abrirse hacia dentro y hacia fuera significa volver a ser lo que siempre hemos sido. Todos esos son los valores que se han querido combatir con saña en este país durante tantos años. Se ha matado para imponer un modelo excluyente, lúgubre, de vascos buenos contra vascos malos, de auténticos contra adulterados. Pero es una batalla perdida, porque a pesar del terror, de la coacción, de la autocensura, de la inhibición como instrumento de supervivencia, la uniformidad y la univocidad son incompatibles con lo vasco. Por eso, defender valores como los de Palme, y los de tantos otros que se han convertido en símbolos de libertad, es la única garantía de que no traicionaremos a nuestra propia historia.

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