jueves, junio 14, 2007

Crónicas políticas (IV)

Esta crónica la publiqué en Deia el 15 de junio de 2003, al día siguiente de la constitución de los ayuntamientos en medio de graves incidentes. Desgraciadamente, las cosas no han cambiado en lo sustancial.

Los intérpretes de la voluntad de los vascos

Dicen quienes ayer boicotearon la constitución de los nuevas corporaciones municipales que en esos actos «se ha usurpado la voluntad de Euskal Herria» por la imposibilidad de que los depositarios del voto nulo puedan estar presentes en las instituciones locales y forales. Casi a la misma hora, la Ertzaintza desactivaba en Bilbao un coche bomba colocado por ETA con 30 kilos de titadine. Aquellos que acostumbran a erigirse en intérpretes de la voluntad de los ciudadanos vascos siempre se han mostrado muy escrupulosos a la hora de condenar el largo reguero de crímenes de la organización terrorista y, sin embargo, su sensibilidad es extrema cuando se trata de denunciar una legalidad de la que han sido partícipes hasta hace pocos meses, incluso apurándola al máximo. Los oráculos de “la voluntad de Euskal Herria” deben pensar que ésta consiste en callar ante los asesinatos y mirar hacia otro lado sin querer reparar en la penosa situación de tanto cargo público amenazado. Incluso parecen creer que la salvaguarda de la voluntad popular requiere que un grupo de exaltados agreda sin compasión al matrimonio encargado del batzoki del Antiguo, en Donostia, o que el miembro del PSE-EE Jagoba Gutiérrez tenga que ser objeto del lanzamiento de un artefacto incendiario contra su coche. Esta peculiar interpretación de la realidad pone de manifiesto un talante totalitario para el que cualquier atisbo de pluralismo es un elemento a combatir. La primera de las exigencias de los vascos, repetida elección tras elección de forma abrumadoramente mayoritaria, es que se respete el derecho a la vida de las personas. Saltarse esta premisa básica invalida todo lo demás. De nada sirven el resto de los derechos a quienes han sido enviados a un cementerio. La violencia de ETA desgarra a quienes la sufren, ahonda el enfrentamiento social y causa vergüenza y oprobio a todos los vascos cada que asoman al exterior. Apelar a una supuesta “voluntad de Euskal Herria”, haciendo caso omiso al pálpito de una sociedad que aspira a vivir en armonía con sus vecinos y que reclama con fuerza el final de tanto dolor, resulta un ejercicio de cinismo sin límites. La mejor aportación que pueden hacer durante los cuatro próximos años quienes ayer tomaron posesión de sus cargos entre insultos y amenazas es la de ayudar a ensanchar los espacios de racionalidad y de pluralismo desde su actividad cotidiana. “Todos los derechos para todas las personas”, reclamaba no hace mucho la izquierda abertzale. El día que se apliquen el cuento empezarán a cambiar muchas cosas.

No hay comentarios: