domingo, junio 17, 2007

Crónicas políticas (V)

La forma en que los diversos sentimientos de pertenencia deben complementarse en Euskadi es una de mis mayores preocupaciones. El 1 de febrero de 2004 se publicó en Deia esta crónica, en la que exponía mi punto de vista sobre cuestiones que, a día de hoy, siguen de actualidad.

Viejos mitos, tozudas realidades

El encuentro del ex “conseller en cap” de la Generalitat de Catalunya Josep Lluis Carod-Rovira con miembros de la organización terrorista ETA ha generado, junto a otras muchas reflexiones que no atañen directamente a Euskadi, un vivo debate acerca de la conveniencia o improcedencia de negociar con quienes empuñan las armas. Quienes defienden la primera opción alegan que los fenómenos de tipo violento con pretensiones políticas sólo pueden encauzarse de forma definitiva mediante el diálogo y, aunque no se diga, con algún tipo de transacción. Frente a ello, conviene remarcar que el rechazo a negociar con aquellos que llevan en su tarjeta de presentación el asesinato de 855 personas y tienen como principal objetivo la destrucción de un entramado institucional legítimo equivale a defender la dignidad y el sustento democrático –aún con todas sus lógicas, e incluso ilógicas, imperfecciones– del actual marco político. Corresponde a los partidos, en base al apoyo popular que recaban, la labor de dialogar y negociar con el objetivo de definir entre todos ellos los elementos básicos de las reglas de juego que posibiliten la convivencia. La concesión del más mínimo grado de legitimidad a un grupo terrorista para que influya en el tablero democrático o condicione los marcos legales ataca, directamente, la esencia misma de un régimen de libertades. Desde ese punto de vista, el nacionalismo vasco tiene la obligación de estar en primera línea en la lucha contra ETA, sin agachar la cerviz en ningún momento y trabajando con ahínco para evitar cualquier tipo de desgarro social. La construcción de una colectividad de iguales en derechos y obligaciones es absolutamente incompatible con cualquier muestra de condescendencia, por nimia que sea, hacia quienes pretenden imponer su ley vaciando el cargador de una pistola o activando un coche bomba. ETA es la principal enemiga del respeto a la voluntad de los vascos. Y lo es porque pretende imponer con saña su visión uniforme y totalitaria del país, obviando que la pluralidad es una de las características básicas de la sociedad vasca. Todos los habitantes de Euskadi son igual de ciudadanos e igual de vascos, independientemente del referente de pertenencia nacional de cada cual, y todos tienen el mismo derecho a vivir ese sentimiento sin ningún tipo de ruptura con los que consideran sus vínculos esenciales. Esta forma de sentir lo vasco no tiene nada que ver con el esencialismo de quienes anteponen un territorio a la voluntad de quienes lo habitan. Y es, precisamente, el respeto a la expresión democrática del mandato popular la que imposibilita cualquier negociación con quienes pretenden suplir su falta de apoyo ciudadano con la práctica de un terrorismo atroz. Además, claro está, de infinitas motivaciones éticas. Es hora de acabar con viejos mitos, con prejuicios absurdos y con visiones parciales y reduccionistas. La Euskadi de todos requiere del diálogo entre todas las expresiones políticas y de la reconstrucción de los puentes entre nacionalistas y no nacionalistas desde el respeto a lo que se ha construido en los últimos 25 años. Porque Euskadi o es de todos o no será.

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