sábado, junio 09, 2007

Pasado, presente y futuro

La izquierda radical gestiona como nadie el victimismo. Una historia escrita desde la más absoluta falsedad ha ido generando el caldo de cultivo para que muchos vascos se crean, incluso de manera inconsciente, víctimas de todo tipo de injusticias. Se deforma el pasado para justificar o, al menos, edulcorar el presente. En ese mundo virtual, Navarra aparece dibujada como el originario Estado vasco, olvidando los lazos seculares de Álava, Gipuzkoa y Bizkaia con el reino de Castilla, puestos en entredicho, solamente, a partir de la abolición foral. Aunque parezca una locura, hay quienes vuelven la vista hasta 1512, año de la conquista de Navarra, para interpretar lo que sucede en 2007. No hay más que visitar la Casa de Juntas de Gernika para ver sus paredes llenas de cuadros que reflejan los sucesivos besamanos a los monarcas castellanos desde tiempo inmemorial. El protagonismo de los vascos en la historia de España ha sido de primer nivel, tanto a la hora de surcar por vía marítima mundos hasta entonces inexplorados, como en el caso de Elcano, en lo religioso, como en el de Ignacio de Loyola, o pasando por el ámbito del Derecho, como ejemplificó Francisco de Vitoria. Casos similares se cuentan a decenas. Con todas las reservas que resultan necesarias y hasta imprescindibles a la hora de interpretar la historia, nada refleja incomodidad o afán distintivo reseñable en la relación de los territorios vascos con España hasta mediados del siglo XIX. Por eso, tratar el presente dibujando una historia de opresión singular supone, en el caso vasco, un punto de partida equivocado, por ejemplo frente a lo ocurrido en Irlanda. Los regímenes de falta de libertad que se han dado en España han afectado a todos, con la única especificidad del apartado cultural en el caso de las comunidades con lengua propia. Por eso, el nacionalismo vasco democrático no puede caer en el juego de la izquierda radical a la hora de proyectar el presente y el futuro desde un pasado mitificado. Porque eso genera una permanente frustración identitaria y una irresoluble insatisfacción política. El rigor histórico es requisito básico para entender, también, el camino a seguir en adelante. Ir de la mano, aunque sólo sea en el plano argumental, de quienes demuestran su profunda ignorancia histórica o su manejo de la manipulación más zafia comparando la ilegalización de Batasuna con el apartheid o calificando de "Guantánamo electoral" sus dificultades para concurrir a los comicios por no despegarse de la violencia es, sencillamente, un suicidio político. El nacionalismo democrático debe distinguirse en el método, pero también en la forma de interpretar el pasado, el presente y el futuro de los vascos. Deslizarse por la pendiente del desvarío lo condena a ser engullido tarde o temprano por quienes siguen anclados en batallas de hace cinco siglos. No obstante, aunque pueda parecer mentira, la izquierda radical ha logrado extender desde hace tiempo un cúmulo de complejos absurdos entre amplios sectores moderados del nacionalismo. Si no se es muy riguroso en los análisis y exquisito en los planteamientos, aquí y en cualquier otra parte siempre tienen éxito quienes se reivindican a sí mismos desde el victimismo que, al final del camino, lleva a negar a los demás. Por eso le es cada vez más imperioso al nacionalismo democrático recuperar el pulso intelectual, dejar de lado proclamas vacías e infantiles y configurarse de forma integral en torno a referentes cívicos, de defensa rotunda del pluralismo social y político. El único País Vasco viable es el que no reniega de lo que es para convertirse en lo que nunca ha sido.

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