martes, julio 24, 2007

Crónicas políticas (VI)

Esta crónica la publiqué en Deia el 3 de octubre de 2004, poco después de que ETA diera a conocer un vídeo con nuevas amenazas. El fondo de la reflexión de aquel entonces sigue plenamente vigente casi tres años más tarde.

La naturaleza de las cosas

Emulando a Abu Musab Zarqawi, el tenebroso brazo jordano de Osama Bin Laden en Irak, la organización terrorista ETA hizo público un video el pasado lunes para dejar claro, a quienes con unas buenas dosis de ingenuidad confiaban en lo contrario, que va a seguir matando. A lo largo de los quince minutos de duración de las imágenes se realizan afirmaciones tan aberrantes como que «la función política de la lucha armada es recuperar la democracia vasca». Al día siguiente, el portavoz de Sozialista Abertzaleak, Arnaldo Otegi, proclamaba, con la absoluta certeza de quien posee buena información al respecto, que «como todo el mundo sabe» nunca habrá un comunicado en el que ETA anuncie su disolución porque para ello es necesario que antes se den «determinadas condiciones». Se supone que la “voluntad popular” del 10% de los vascos debería aplastar la del 90% restante para que el abandono de las armas fuera definitivo. Guiada por su permanente afán de no perder comba y haciendo gala de su fino instinto político, la izquierda abertzale ilegalizada ha llegado a la conclusión de que sus planteamientos de 1979 brillan resplandecientes un cuarto de siglo después como consecuencia de la división entre los partidos que apostaron por el Estatuto de Gernika como punto de encuentro para los vascos. Pero si algo ha quedado acreditado a lo largo de estos últimos 25 años es el carácter totalitario de ETA y sus adláteres. Han dado forma al sujeto político por encima de la voluntad de los ciudadanos que lo componen, llegando a caracterizar como enemigos, tanto internos como externos, a quienes «posibilitan, impulsan y garantizan la negación de los derechos de nuestro pueblo». La lista es amplia. Miembros de las Fuerzas de Seguridad del Estado, ertzainas, niños, trabajadores que se dirigían a su empresa, consumidores de Hipercor, empresarios, electos populares, jueces... han sido asesinados sin compasión. Y, mientras, la izquierda abertzale ha seguido haciendo resonar los falsos ecos del diálogo. Pero la Euskadi de los ciudadanos siempre será un proyecto a combatir para quienes anteponen un mapa al sentir de quienes habitan el país real. Así, no es de extrañar que quienes participan en alguno de los foros que se han activado en los últimos tiempos para tender puentes hacia el fundamentalismo local ni tan siquiera hayan arrancado un diagnóstico conjunto de mínimos en torno a la violencia, más allá de documentos que podrían figurar en los anales de la metafísica. Quienes buscan un acercamiento a la izquierda abertzale deben ser conscientes de la cruda realidad. La última remesa de cartas amenazantes dirigidas a concejales o los constantes ataques sufridos por sedes de partidos políticos y sindicatos debería servir para refrescar la memoria de los más olvidadizos. La paz no puede venir de la mano del suicidio de los demócratas, sino que debe llegar gracias a la firmeza en sus convicciones de quienes están arropados por la inmensa mayoría de los ciudadanos. Todos aquellos que ni tan siquiera respetan la integridad física de los que no piensan como ellos carecen de legitimidad para hablar de paz, diálogo y democracia. Los ejercicios voluntaristas y un tanto acomplejados respecto a la izquierda abertzale siguen chocando con el inmovilismo que ha caracterizado siempre a la hora de la verdad a un movimiento político totalmente sumiso al mandato de ETA. Mirar hacia otro lado ante esta realidad o hacer equiparaciones disparatadas de lo que sucede en Euskadi con lo que pasa en otros lugares del mundo no significa buscar la paz con mayor ahínco. Para no equivocarse, conviene tener muy clara la verdadera naturaleza de los que llevan más de dos décadas combatiendo la institucionalidad derivada de la voluntad popular. Euskadi sigue necesitada de un auténtico mestizaje de sentimientos de pertenencia y de culturas políticas, producto del equilibrio requerido por los propios ciudadanos vascos cuantas veces se han acercado a las urnas. 25 años deberían haber servido para aprender una lección tan simple pero, a veces, parecen haber pasado en vano.

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