domingo, julio 01, 2007

Pintadas contra Imaz

Los cachorros de Batasuna suelen suplir su desinterés por los libros con su afición por las pintadas, sobre todo las que incluyen un nombre en el centro de una diana. La última víctima de ese hobby perverso ha sido el presidente del EBB del PNV, Josu Jon Imaz. No le perdonan que hable claro, que marque distancias respecto a quienes justifican y amparan la violencia, que pretenda introducir un discurso renovado en el nacionalismo vasco. Imaz se ha convertido en la encarnación de todos los males para quienes callan ante el humear de las pistolas y, precisamente por eso, representa la esperanza de una nueva forma de hacer política, sin equidistancias calculadas y ambiguedades perversas frente al terrorismo. El nacionalismo vasco debe reflexionar sobre su futuro, latiendo al unísono con el pálpito de la mayoría social vasca, sea del territorio que sea. Eso requiere, sin lugar a dudas, quitarse de encima todos los complejos de quienes miran de forma permanente a Batasuna, aligerar el peso histórico de las reivindicaciones permanentes y realizar una apuesta firme por ensanchar los espacios de los mínimos comunes denominadores en Euskadi como la mejor vía para la más auténtica y eficaz construcción nacional, la que tiene como eje permanente de actuación a la ciudadanía. Curiosamente, ese camino está lleno de referencias previas en el seno del propio PNV. No es de extrañar, por tanto, que los escritos y las pautas de actuación de muchos dirigentes históricos del nacionalismo durante el siglo XX suenen mucho más modernos que los sonsonetes que se repiten en la actualidad desde diferentes sectores. Imaz representa, en ese sentido, la esperanza de renovación en el seno del ámbito nacionalista. Y la izquierda abertzale lo sabe perfectamente. Para quienes se aferran a los viejos tótems, para quienes los territorios están por encima de las personas, para quienes el nacionalismo debe actuar siempre en términos de antítesis respecto a las culturas políticas que le son ajenas, para quienes ven a la izquierda abertzale como el hijo descarriado, pero hijo al fin y al cabo, y para quienes, en definitiva, leen la realidad actual con guiones del pasado, Josu Jon Imaz es un referente muy molesto. A la solidaridad personal que se le debe a todo el que sea amenazado, cabe sumarle, en esta ocasión, el reconocimiento por una labor política compleja y difícil pero imprescindible. Porque si el nacionalismo democrático no renueva su discurso tradicional sólo generará frustración permanente, incluso entre los suyos. Y también de esa frustración se alimentan los pintores callejeros.

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