lunes, agosto 06, 2007

El laberinto navarro

UPN volverá a gobernar en Navarra a pesar de haber perdido la mayoría absoluta que reclamó en la anterior campaña electoral para que la Comunidad Foral no cayera en manos de los "amigos de ETA". Si la formación regionalista no hubiera planteado los pasados comicios como un referéndum y el PSN no se hubiera comprometido con el cambio, nada se podría objetar a que gobernara la lista más votada. Pero Miguel Sanz y compañía, el PP, llevaron a cabo una precampaña y una campaña electoral de trazo grueso, erigiéndose en la única garantía "para que Navarra continuara siendo España", considerando que la "entrega de Navarra al País Vasco" estaba gestándose y asegurando sin rubor que los socialistas navarros formaban parte del bloque de aliados objetivos de ETA. Tamañas barbaridades tuvieron respuesta cumplida en las urnas el 27 de mayo. Los ciudadanos navarros, con un índice de participación muy elevado, quitaron la mayoría absoluta al bloque UPN-CDN y abrieron la posibilidad de un cambio de gobierno. Quienes habían planteado los comicios como una consulta popular se encontraron con una derrota. Ello abrió la posibilidad de que PSN, NaBai e IUN conformaran una fórmula alternativa y desalojaran de las instituciones a quienes habían jugado al todo o nada. Pero, tras muchas dudas y cambios de orientación, la dirección socialista ha decidido impedir que UPN pase a la oposición. La versión oficial dice que es por temor al coste electoral que podría producir en España un eventual gobierno de coalición con Nafarroa Bai. Sorprende que quien gobierna en Cataluña con ERC o en Baleares con un conglomerado de partidos que incluye al Bloc tenga miedo a NaBai, coalición que, a pesar de ser la segunda fuerza política navarra, ha aparcado casi todas sus reclamaciones políticas, incluida la de un Órgano de Cooperación con la CAV, para favorecer el cambio de gobierno. Más bien parece que el PSOE se ha guiado por criterios de política antiterrorista, para salvaguardar inconfesables intereses de Estado, al dar el paso anunciado solemnemente por José Blanco. Pero son este tipo de decisiones las que confirman la excepcionalidad navarra. Se está haciendo imposible la construcción de una alternativa que posibilite un modelo diferente de Comunidad Foral, como si el de UPN, tan discutible en muchos ámbitos, fuera el único posible. Paradójicamente, este mensaje que se lanza a la sociedad navarra perjudica a quienes desde la izquierda apuestan por el actual modelo institucional, porque ahoga las aspiraciones de quienes no comulgan con el modelo conservador y profundamente antivasco que representan los regionalistas. Navarra necesita la máxima normalidad política posible para ahuyentar viejos fantasmas y para no seguir siendo, a estas alturas, ejemplo de excepcionalidad.   

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