sábado, septiembre 08, 2007

La consulta

Tras los años en que la política vasca giró principalmente sobre la necesidad de desarrollar el Estatuto de Gernika, desde hace al menos un lustro es la posibilidad de convocar o no una consulta popular la idea-fuerza sobre la que discuten casi a diario los principales partidos, el leit motiv que dinamiza, aunque sea de forma circular, un panorama lastrado por el desacuerdo y, sobre todo, por la persistencia del terrorismo. Lo que de forma amable se viene denominando "derecho a decidir" divide casi en partes iguales a los representantes de la ciudadanía. Y no lo hace porque alguien piense que los vascos carecen de legitimidad para construir su futuro, sino por la forma en que se configura el concepto de decisión en boca de determinados dirigentes políticos. En una democracia representativa como la nuestra y las de nuestro entorno, los ciudadanos ejercen su derecho al voto y determinan el devenir de la colectividad a la que pertenecen. Ese futuro será diferente en función del peso que cada opción política adquiera a través del voto popular. En definitiva, por medio del juego de mayorías y minorías que configurará las distintas estructuras políticas, en las que pondrán más quienes más representan. En ese sentido, el derecho a decidir se configura como un instrumento dinámico, no como un elemento estático que amenace con partir en dos la historia en un día determinado, a una hora concreta y bajo el signo de la inevitable fractura social, del enfrentamiento a una sola carta entre las dos pulsiones en liza. En el caso vasco, cuando se alude al derecho a decidir, y se añade que es necesaria una consulta, se hace referencia, por lo que se deduce de las declaraciones públicas de unos y de otros, a un referéndum en el que se decidirá el estatus político del País Vasco en relación a España, con serias dudas sobre si se llevaría a cabo en ausencia de violencia, y con la sospecha más que fundada de que se desarrollaría sin un acuerdo previo entre los principales partidos vascos y entre las autoridades vascas y españolas. A cualquier analista político serio éste le parecería un escenario insensato, autodestructivo, pero en la Euskadi de 2007 hay quienes no sólo defienden esta opción sino que la alimentan a diario, tildando de tibios y regionalistas al resto de nacionalistas que discrepan y que no se identifican con este esquema. Mientras, se pretende obviar la doble brecha que se generaría, la interna entre vascos y la externa entre Euskadi y España, y que amenazaría con hacer saltar en pedazos los laboriosos consensos construidos con tanto esfuerzo durante tantos años. No es posible determinar un nuevo esquema político dividiendo casi en dos mitades a los vascos, en un dos frente a uno a los territorios y estableciendo unilateralmente lo que tiene una naturaleza bilateral inexorable. Euskadi, o Euskal Herria, no es comparable a Escocia, ni a Quebec, y tampoco a Irlanda del Norte. Ni por historia, ni por su peculiar configuración interna de corte confederal, ni por su grado de cohesión política y social, ni por el debate territorial, ni por la presencia de una banda como ETA, ni por muchos más factores. A modo de justificación, para algunos dirigentes políticos resulta muy cómodo caracterizar a PSE-EE y PP como fuerzas políticas ajenas a lo vasco, de obediencia española. Pero éste es un planteamiento antidemocrático, injusto e irreal. Por eso es necesario que cualquier consulta a los ciudadanos reúna una serie de requisitos mínimos. El consenso entre las principales culturas políticas es, sin duda, el primero. Y lo es porque es el único que garantiza la cohesión social en un país tan desestructurado políticamente, el que favorece el acuerdo entre territorios y el que abre el camino del diálogo entre los gobiernos vasco y español. Curiosamente, además, quienes invocan constantemente la Euskal Herria política parecen ser los que menos la tienen en cuenta. La ecuación es evidente: cuanta mayor presión por ir más lejos, menos Euskal Herria. No en vano, Navarra e Iparralde tienen, a día de hoy, mayorías políticas muy claras que así lo ponen de manifiesto. La colaboración entre territorios se fomentará solamente en base al mantenimiento de equilibrios muy delicados, y ponerlos en peligro no sale gratis. Hablar de mayorías soberanistas en los territorios de la CAV es discutible, pero hacerlo pensando en Euskal Herria resulta un verdadero brindis al sol. Frente a fetiches sin recorrido, más allá del meramente electoral, y que generan frustración por doquier, Euskadi tiene la oportunidad de seguir profundizando en los valores de ciudadanía, en el rechazo frontal y sin ambages frente al terrorismo hasta vencerlo también socialmente como síntoma de salud democrática, y haciendo de la pluralidad su característica principal, su seña de identidad. Las múltiples Euskadis, e incluso Euskal Herrias, las distintas formas de entenderlas, deben convivir superponiéndose y configurando una realidad diversa e imaginativa, lejos de esencialismos estériles. Una parte de la sociedad no puede arrastrar a la otra, y menos aún bajo amenaza. Todas deben caminar juntas en un horizonte amplio, que dé comodidad a las diversas gradaciones identitarias, que no deben excluirse mutuamente, sino complementarse y enriquecerse. Esa es la auténtica construcción nacional, la genuina, la que tiene el sentido más profundo, más solidario, aquella que fortalece los derechos de ciudadanía de todos y la que camina al ritmo que impone el conjunto de la sociedad. Las consultas deberían servir para avanzar en esa dirección, no en la contraria.

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