martes, octubre 09, 2007

El salto

Una de las peores experiencias de toda mi andadura profesional fue la relacionada con el 11-M. Llegué a Madrid esa misma mañana y permanecí allí casi una semana. El recuerdo, la pesadilla más bien, no lo podré borrar jamás. Después de conocerse la autoría islamista de la masacre hubo dirigentes políticos que señalaron pomposamente que, tras aquello, ETA no se atrevería a atentar nunca más contra personas, tanto por el grado de rechazo social generado como por la presión que debería soportar a nivel europeo e internacional producto de la concienciación antiterrorista. Siempre pensé que quien hacía esa reflexión pecaba de ingenuidad y que, desgraciadamente, la banda volvería a matar. Lo hizo en la T4 de Barajas a finales del año pasado, asesinando a dos ciudadanos de origen ecuatoriano, y lo ha vuelto a intentar este mediodía. A ETA le trae sin cuidado lo que opine o sienta la sociedad y actúa en función de una estrategia absolutamente desquiciada según la cual todos los que se comprometan en la lucha contra el terror se convierten en enemigos a batir con las armas. Los dirigentes de Batasuna que permanecen en libertad se quejaban en las últimas horas por las detenciones practicadas entre los miembros de su mesa nacional. Sus amenazas se han convertido en hechos pocas horas más tarde, dejando a la vista de todos, de forma descarnada, cuál es el triste papel de la formación ilegalizada. Se enrocan repitiendo que desean hacer política y no les dejan pero, más allá de la palabrería, se limitan a ejercer de voceros de una banda de asesinos y a justificar sus atentados. Ese es, precisamente, el motivo por el que están al margen de la legalidad. Si apostaran por representar pacíficamente a quienes les quieran votar, respetando a quienes votan a otros, nada de esto sucedería. El salto cualitativo ya se ha dado. ETA quiere volver a matar. Y ante eso, sólo cabe una respuesta: la unidad de todos los partidos democráticos. El resto de recetas se encontrarán con la durísima realidad del terrorismo, porque no es posible actuar como si no existiera.

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