jueves, diciembre 27, 2007

Asesinato en Pakistán

El asesinato de la que fuera primera ministra de Pakistán, Benazhir Bhutto, es una noticia como para conmocionar a cualquiera que siga de cerca la actualidad internacional. No sólo por el hecho de que en Occidente se hayan seguido casi minuto a minuto todos los pasos que había dado tras el regreso a su país dejando atrás nueve años de cómodo exilio en Dubai, sino porque se trataba de una figura política de enorme relevancia a nivel internacional y local tanto por ser hija de Zulfikar Ali Bhutto, primer jefe de gobierno pakistaní elegido en las urnas y que sería ejecutado después de que un grupo de militares encabezados por el siniestro Zia Ul Haq diera un golpe de Estado en 1979, como por haber sido la primera mujer jefe de gobierno en un Estado islámico, en 1988, y por ser en la actualidad punto de referencia de la oposición al dictador Pervez Musharraf. Pakistán, país creado en 1947 tras la partición de la India en dos estados, uno de mayoría musulmana y el otro de mayoría hindú, es clave desde el punto de vista geoestratégico y posee armas nucleares. Se trata de una pieza esencial en la lucha contra el terrorismo islamista y su constante inestabilidad política es fuente de las peores pesadillas en las cancillerías occidentales. El asesinato de Bhutto acrecienta ese desasosiego en vísperas de las cruciales elecciones legislativas del 8 de enero, en las que la líder del Partido Popular de Pakistán aspiraba a lograr la victoria. Se abre ahora un período de profundas convulsiones internas de repercusiones incalculables en este momento. Hace ya muchos años que el país se ha convertido en un auténtico avispero, con fuerte presencia de los extremistas islámicos alimentados en las madrasas o escuelas coránicas radicales que además, de la mano de grupos tribales, dan cobijo en la zona montañosa fronteriza con Afganistán a los combatientes talibán y al propio Bin Laden. El terrorismo ha demostrado con la muerte de Bhutto que es capaz de golpear en el corazón mismo de las esperanzas democráticas de una parte importante de la sociedad pakistaní y, desde luego, condicionará tras lo ocurrido hoy el escenario post-Musharraf. La apuesta norteamericana por un régimen dictatorial no ha ayudado a estabilizar el país, escenario en los últimos tiempos de sucesos tan graves como el de la mezquita roja de Islamabad, en la que hace meses decenas de radicales se atrincheraron y murieron a manos de las fuerzas de seguridad. Pakistán no es cualquier pieza del escenario internacional, sino una de muy especial relevancia. Lo saben bien quienes han asesinado a Bhutto y la comunidad internacional deberá actuar en consecuencia, ayudando a hacer viable un régimen democrático que tenga entre sus prioridades combatir el extremismo. A día de hoy un gran interrogante se cierne sobre el país. De cómo se despeje depende, en buena medida, la muy precaria estabilidad mundial.   

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