jueves, diciembre 13, 2007

Más distancia

Para este mediodía varios sindicatos y formaciones políticas habían llamado a los ciudadanos vascos a secundar una hora de paro en solidaridad con los encausados en el macrosumario 18/98. A la espera de que se conozcan los detalles de la sentencia, se puede afirmar sin temor a equivocarse que los grandes núcleos de población no han secundado el cese de actividades. En Bilbao me he encontrado con una manifestación de unos 60 chavales de entre 16-20 años con los ojos inyectados en odio. La propaganda en favor del paro, que no ha contado con el aval del sindicato mayoritario ELA, insiste en hablar de "agresiones a Euskal Herria", confundiendo el todo con una pequeña parte, como gusta hacer a los totalitarios de todos los lugares. Al margen de la valoración que merezca la sentencia, que habrá que hacer cuando se conozcan todos sus detalles, la izquierda radical debería reflexionar sobre el creciente divorcio que se viene produciendo entre la inmensa mayoría de los ciudadanos y las diversas demandas por las que se moviliza en la calle. Y es que no es compatible que a uno le traiga sin cuidado la suerte de cientos de víctimas provocadas por ETA dentro de una estrategia global compartida con su brazo político mientras se le llena la boca hablando de derechos humanos. O poner el grito en el cielo contra el cierre del diario Egin, invocando la libertad de expresión, cuando, a la vez, se calla ante las amenazas que padecen en Euskadi muchos periodistas. Los derechos humanos o la libertad de expresión no son compartimentos estancos que se puedan utilizar sólo en provecho propio. Su defensa ha de ser de carácter universal. Por eso, el rechazo hacia la doblez de la izquierda radical es creciente entre los ciudadanos vascos. Hay hartazgo en la calle, y las críticas que se puedan realizar a determinadas actuaciones judiciales, que son perfectamente legítimas en democracia, se hacen cada vez más sin mezclarse con quienes sólo quieren aparecer en la foto cuando les conviene. A muchas personas les puede parecer injusta la sentencia del 18/98, sobre todo en algunos casos de personas bien conocidas que nada tienen que ver con ETA, pero no quieren manifestar esa crítica de la mano de Batasuna. Es otro síntoma más del declive de quienes siguen empeñados en forzar la voluntad de las sociedades vasca y española a través de la fuerza de las armas.   

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