viernes, febrero 08, 2008

Elecciones generales (VII)

En la Puerta del Sol de Madrid veo a unos jóvenes del PP fogueándose en el arte de la oratoria en un pequeño atril instalado para la ocasión. Ante la mirada y los tímidos aplausos de unos escasos ciudadanos, la mayoría de edad avanzada, y la indiferencia del gentío que cualquier tarde de viernes cruza las calles Preciados y del Carmen arriba y abajo, los representantes populares intentan explicar las propuestas de su partido en materias como la seguridad ciudadana o la economía. Lo hacen con cierta soltura y pose grave, atacando con los ya consabidos latiguillos al presidente Zapatero y a su Gobierno. El acto me produce curiosidad. Casi de manera inconsciente estoy esperando a que desde cualquier esquina aparezcan los omnipresentes seguidores de la izquierda abertzale a reventar el acto. Enseguida caigo en la cuenta de que estoy en Madrid, y de que no recuerdo haber visto nunca antes a miembros del PP hablando a pie de calle sin que se produzca algún tipo de incidente. Es porque vivo en Euskadi. Eso hace que sea toda una novedad lo que acabo de presenciar. Paseo por delante del Congreso de los Diputados. Las luces están apagadas y no hay actividad. Recuerdo los importantes acontecimientos políticos de los que he podido ser testigo en los últimos años en la Cámara Baja. La investidura del presidente Zapatero, varios debates sobre el estado de la nación y la sesión en la que el lehendakari presentó el plan que llevaba su nombre, entre otros. Ha sido una legislatura intensa en lo profesional. He podido ver de cerca momentos y actitudes brillantes y otros que en nada ayudan a prestigiar la política como factor de entendimiento entre diferentes. En un mes, el Congreso tendrá nueva composición y la actividad bullirá de nuevo. La democracia se sustenta en la participación ciudadana, en la implicación individual, para hacer de la cosa pública un gran proyecto colectivo. Cada cual debe defender las ideas en las que cree, y debe hacerlo con pasión y con argumentos. Y cuando hablen las urnas tiene que acatar la voluntad mayoritaria, ayudando a hacer país desde una oposición constructiva. Es el juego democrático en permanente transformación. Aterrizo en Loiu dando vueltas en la cabeza a estas cuestiones. Qué sencillo parece que se sepan respetar las ideas ajenas, que nadie esté amenazado por pensar de una manera determinada. Y qué difícil resulta en algunos lugares que eso se convierta en realidad.  

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