viernes, marzo 28, 2008

La caída de EA

Los resultados de las elecciones generales han dejado a Eusko Alkartasuna en el borde mismo de la marginalidad política. Sigue siendo un partido de gobierno, tanto en la Comunidad Autónoma Vasca como en Álava y en Gipuzkoa, pero su agonía en votos es ya irreversible. Pocas veces un partido de los llamados bisagra habrá sacado tanto provecho en términos de poder a su menguadísima base electoral. Pero los espejismos no deforman la realidad para siempre y cuando se disipan aparece, de golpe, la cruda y dura realidad, que diría Begoña Errazti. Lo más chocante de la situación de EA es su absoluta falta de autocrítica. Si de algo pecan sus mensajes es de triunfalismo, alardeando siempre de ser el eje del independentismo y prometiendo un futuro casi inmediato de triunfo soberanista, cuando por los boquetes de su proyecto político siguen yéndose miles de votantes. A esa falta de realismo, tanto de lo que la propia EA es en la sociedad como de las posibilidades que tiene para orientar la política vasca en una determinada dirección, se une una falta de liderazgo alarmante. En 1986 la escisión del PNV se materializó en torno al hiperliderazgo de Carlos Garaikoetxea y, desde que el ex lehendakari abandonara la dirección del partido, ni Begoña Errazti ni, menos aún, Unai Ziarreta han logrado convertirse en referentes para consolidar ese proyecto. En los últimos años EA ha pretendido combinar la acción institucional con los devaneos con la izquierda abertzale y, al final, sólo ha logrado desdibujarse hasta el punto de no resultar creíble ni para los desencantados de Batasuna ni para quienes aspiran a mayores cotas de soberanía en el entorno del PNV. Ayer mismo el secretario general de EA, Joseba Azkarraga, señalaba que quienes no condenan el asesinato de un vecino no pueden seguir gobernando un ayuntamiento, en referencia a la situación generada en Arrasate tras el asesinato de Isaías Carrasco. Sin embargo, su partido gobierna a nivel municipal con ANV en diversas localidades y en algunas de ellas incluso privó de acceder a la alcaldía a la formación más votada, el PNV, para aliarse con quienes se obstinan en no condenar ningún atentado. La salida del Congreso del partido de Ziarreta y Azkarraga puede ser el punto de partida de un via crucis político que convierta en inaplazable una reflexión a fondo sobre su futuro. El PNV tiene a día de hoy tanto de socialdemócrata como la propia EA y pocos son los soberanistas que confíen en esta última formación como eje de un proyecto sólido de futuro. En esas condiciones, más temprano que tarde alguien deberá llamar a un ejercicio de realismo en su seno. El drama no radica sólo en su bajón electoral, en su falta de liderazgo referencial o en su poca credibilidad para los críticos de la izquierda abertzale o del PNV. Se añade a todo ello que en el único territorio en el que mantienen el pulso, en Gipuzkoa, la dirección territorial del partido está mucho más cerca de las tesis de Josu Jon Imaz que de las del propio Unai Ziarreta. Los actuales dirigentes de EA pueden tener la tentación de llevar a cabo una huida hacia delante o de intentar hurgar en las supuestas divergencias entre la mayoría del EBB y el lehendakari Ibarretxe, aunque la historia reciente demuestra que por ese camino no llegarán a ninguna parte. El sostén institucional ayuda a aplazar un debate interno de calado estratégico que parta del reconocimiento de su creciente marginalización respecto al grueso del electorado pero el día en que los paños calientes y el autobombo dejen de servir se avecina sin remedio.

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