miércoles, junio 18, 2008

Notas al margen

El congreso del PP de este fin de semana en Valencia va a ser el de la unidad ficticia. A la espera de que Mariano Rajoy saque de la chistera a su nuevo secretario general y, a buen seguro, dé un golpe de efecto con su designación, su equipo ya se sabe ganador y actúa con una mezcla de autosuficiencia y apariencia de generosidad. La posible inclusión de Manuel Lamela en el grupo dirigente provocaría una fisura tremenda en el grupo encabezado por Esperanza Aguirre. Con esa jugada maestra, Rajoy saciaría el deseo de notoriedad del discutidísimo ex consejero de Sanidad madrileño a cambio de minar, aún más, la moral política de su más directa rival en el partido. La crisis del PP ha afectado a todos, pero especialmente a Aguirre. De ser el relevo natural de Rajoy ha pasado a ser considerada una especie de Pepito Grillo molesto y desleal. En todo caso, tampoco el presidente del PP está a salvo. Su permanencia en el sillón dependerá, en buena medida, de la evolución de los populares en las convocatorias electorales más cercanas, que pondrán a prueba la consistencia de su giro al centro. Con ser positivo ese cambio hacia posiciones más templadas, Rajoy tiene un gran problema de credibilidad. No se puede pasar en pocos meses de ser el vértice del triángulo compuesto con Acebes y Zaplana a presentarse como el adalid de la moderación.