jueves, julio 17, 2008

Reconocer al otro para reconocerse a uno mismo

Artículo publicado en la revista "Bake hitzak" de Gesto por la Paz.

Joseba Arruti (Periodista)
Aunque nadie lo verbalice, la evidencia de sus actos demuestra que determinados sectores políticos perciben como un problema el pluralismo que caracteriza a la sociedad vasca. La enorme distancia en las formas de sentir el país está en el origen del conflicto político y quienes se sitúan en los extremos parecen pensar que la mejor solución sería la derrota sin paliativos del adversario, la atenuación o, mejor aún, la desaparición de esa diversidad en provecho propio. Incluso los más cercanos a los matices grises de esa rica gradación de sensibilidades son arrastrados a veces por la tentación de alinearse con los más próximos a su tonalidad política. En la práctica, también en este caso, existe una notoria dificultad para reconocer la pluralidad en plenitud, se rehuye el ejercicio de transacción que comporta la misma e, íntimamente, se prefiere construir el país sólo junto a quienes lo conciben, al menos en el punto de partida, de manera idéntica.
Ocurre que, frente a este tipo de pulsiones, la realidad siempre termina imponiéndose. Euskadi sólo encontrará la salida para sus problemas políticos desde el acuerdo entre diferentes, desde la colocación del fiel de la balanza en el punto exacto que determinen los ciudadanos vascos en cada momento. Incluso desde la imaginación, que permita convivir en buena armonía a estructuras políticas diversas e, incluso, hasta cierto punto contradictorias. Para llegar hasta ahí será necesario reformular conceptos dados por inamovibles desde el siglo XIX y asumir que no existe un solo país de los vascos, sino muchos. Existe Euskadi, existe Euzkadi, existe el País Vasco, existe el Pays Basque, existe Euskal Herria, cada una con sus múltiples matices, con su eco en la historia y en los sentimientos de las personas. La negación de cualquiera de ellas resulta estéril y contraproducente, y es la suma de todas la única que puede garantizar un futuro que supere los conflictos del pasado y del presente.
Las elecciones fijan la fotografía política de cada momento, el camino a seguir en un tiempo concreto, pero las bases que sustentan la convivencia requieren de consensos transversales. El acto fundacional de constitución como comunidad política y la renovación cíclica de ese pacto no pueden establecerse de forma unilateral, empujando a una incomodidad mayor que la propia a quien defiende otro modelo de país de forma pacífica y con un apoyo bien tasado en las urnas. Al margen de las querencias particulares, el mejor de los afanes de cada cual debe pasar por construir la Euskadi posible, no la apetecida por unos o por otros. Será la dinámica democrática la que vaya abriendo nuevos horizontes, la que marque los pasos a dar en función de los espacios de acuerdo que vayan germinando entre las nuevas generaciones.
Por pura coherencia, la necesidad de reconocer al adversario político y, en consecuencia, de asumir sin resquicios la pluralidad no rige sólo para determinado ámbito. Las formaciones constitucionalistas, por ejemplo, reclaman a las nacionalistas que pacten los grandes parámetros políticos de futuro de la Comunidad Autónoma Vasca con ellas. Y llevan razón. En demasiadas ocasiones se recurre a “Madrid”, ese ente indeterminado pero en todo caso molesto y malévolo, para buscar determinados acuerdos, como si quienes en Euskadi votan a partidos estatalistas fueran colonos españoles y no ciudadanos vascos en plena igualdad de derechos y deberes. Para superar esta situación anómala es necesaria, también, una cierta dosis de autocrítica de los afectados, que deben dejar de lado comportamientos acomplejados y sucursalistas para tomar sin titubeos las riendas de la representatividad que ostentan.
Quienes exigen respeto a la pluralidad en Euskadi, desdeñan, por contra, la presencia nacionalista en Navarra, caracterizada como ajena e incluso invasora. Ni siquiera se han hecho esfuerzos reales para incorporar a la que actualmente es la segunda fuerza de la Cámara foral a un acuerdo de mínimos en materia educativa, cultural y lingüística. Nafarroa Bai representa los anhelos políticos de muchos ciudadanos navarros que no pueden quedar marginados ni anatematizados a la hora de configurar los ejes convivenciales.
Sólo una mayor cintura política permitirá encontrar salidas al contencioso vasco. Los únicos que no tienen cabida en ese gran reencuentro que posibilite sumar en favor de la convivencia y que convierta el mestizaje político en el signo de identidad de los vascos, o de los vasconavarros, son aquellos que se obstinan en valerse del terrorismo para imponer su proyecto. Participar del espíritu de la pluralidad, del esfuerzo para acercarse al adversario político reconociendo su parte de razón, significa ejercer la acción política en toda su dimensión sin admitir intromisiones violentas ni plegarse ante quienes han pretendido forzar la libre voluntad de los ciudadanos vascos ahogándola en un enorme mar de sangre. Quienes conciben la política como mero elemento instrumental para dar cobertura al terrorismo y maximizar sus intentos de imponerse al conjunto de la ciudadanía no tienen hueco en el gran espacio democrático que acoge a todos los demás. Para llamar a la puerta de la política es indispensable reconocerse en la dimensión real que a cada uno otorga la sociedad vasca y rechazar y deslegitimar sin ambages cualquier recurso violento.
El país del futuro superpondrá realidades diversas. España y Francia, la Comunidad Autónoma Vasca y la Comunidad Foral de Navarra, convivirán a buen seguro con Hegoalde e Iparralde, y con el conjunto de Euskal Herria, estableciendo instrumentos de colaboración a modo de nuevos espacios incluyentes de entendimiento, perfectamente compatibles con las legislaciones vigentes tanto en España como en la Unión Europea. La rica composición política del solar de los vascos obliga al mestizaje, a la alianza desde el respeto a la voluntad de los demás, al esfuerzo conjunto en favor de los rasgos de singularidad compartidos.
Encerrarse en el discurso propio o querer dirimir las diferencias desde el pulso a la otra mitad de la comunidad política sólo conduce al fracaso. A un fracaso colectivo que ha protagonizado una gran parte de la historia vasca. Reconocer al otro es reconocerse a uno mismo como integrante de un país plural y diverso, y que, por otra parte, es el único que existe. Los derroteros que sigue en los últimos dos lustros la política vasca no deja de ser frustrante y empobrecedora. El Estatuto de Gernika, el gran pacto entre vascos de hace tres décadas, continúa sin ser desarrollado en su integridad y nadie parece dispuesto a superar la actual situación de bloqueo desde la autocrítica por los errores cometidos y la puesta en valor de la pluralidad hasta sus últimas consecuencias. Por mucho que se cierren los ojos ante el país de verdad y sólo se pretenda verlo desde la óptica de lo propio, tarde o temprano la realidad se impondrá. Lo aparentemente incompatible terminará por hacerse compaginable. Nos va el futuro de Euskadi en ello.

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